El Dorado

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  • Fotografías por Óscar Monzalve

    En el siglo XVI los españoles que saqueaban Quito, liderados por Sebastián de Belalcázar, se enteraron de un ritual que se realizaba más al norte de Ecuador: un cacique se cubría de oro y hacía ofrendas a una laguna sagrada. En busca del tesoro que imaginaban como todo un reino dorado, emprendieron una expedición hasta la sabana cundiboyacense en Colombia, donde se asentaban los Muiscas que ofrecían esmeraldas y magníficas piezas doradas a la laguna de Guatavita. Allí, Belalcázar se encontró con otros dos coterráneos atraídos por la misma ambición: Gonzalo Jiménez de Quesada y Nicolás de Federmann. En ese mismo siglo, desde Perú, Gonzalo Pizarro iniciaba la búsqueda desaforada del reino de la canela, arrasando con todo a su alrededor para encontrar esa planta pródiga que imaginaba recubriendo territorios enteros y que lo llevó a atravesar el río Amazonas en busca de su fantasía, y encontrando otras tantas riquezas naturales propias de este continente exótico.

    La obra es una representación de dos riquezas colombianas: el oro y la naturaleza. Esos dos tesoros por los que ha sido saqueado el país desde el siglo XV hasta la actualidad. Se trata de una figura de vasija precolombina elaborada con azucenas deshidratadas y adheridas unas a otras mediante otro compuesto orgánico: carboximetil celulosa, generando así una fibra textil natural con la cual se materializa la figura. La tela floral se torna dorada gracias a la deshidratación de los pétalos blancos y a la iluminación de la vasija por su parte posterior. De esta forma, se conjuga la riqueza natural con el brillo del oro, dos fortunas de las que han sido despojados los territorios latinoamericanos  y que atesoran países transatlánticos.